Con motivo de la conmemoración de trigésimo aniversario del fallido golpe de estado del 23-F, hace unos días tuvimos ocasión de escuchar, repetidamente, que el Ejército es la institución mejor valorada por los españoles. Con motivo de los sucesivos comicios electorales, o del simple relleno informativo, prácticamente cada semana digerimos un buen puñado de estudios, sondeos o encuestas donde se coincide en que son los políticos nacionales quienes están a la cola de la valoración pública en nuestro país.
Es justo y necesario reconocer el esfuerzo acometido por los militares a la hora de afrontar la profunda transformación a la que se ha visto sometida la estructura del ejército, en su conjunto, a lo largo de las últimas tres décadas: su máxima adecuación a los principios constitucionales, su modernización orgánica y dotacional, el papel de la mujer, la diversificación de las misiones, etc. Si bien es igual de necesario y quizá aun más justo reconocer que esos progresos se han logrado también gracias a las directrices, la gestión y, en definitiva, al impulso democratizador dado por los máximos responsables de las Fuerzas Armadas, que no son sino los diferentes Ejecutivos que se han ido sucediendo a lo largo de la presente etapa democrática. En paralelo, ha resultado clave la consolidación y el desarrollo legal de los cambios, definidos y avalados desde el poder Legislativo. En definitiva, una completa y más que saludable y reconocida transformación provocada y conducida por la voluntad y el talento de los políticos de turno, empeñados en transformar la sociedad mediante el uso de una determinada herramienta: la política.
La paradoja expresada obliga a la reflexión, ¿qué es lo que sucede para que los principales artífices de un cambio que ha llevado a una institución a ser la mejor valorada sean a su vez los más repudiados por los ciudadanos?
Está claro que el área de la Defensa es una más de las ramas que abarca el Gobierno de la nación. Asimismo sabemos de las diferentes escalas gubernativas en las que se estructura el país de acuerdo con la Constitución; pero el ejemplo presentado, puede entreabrir la puerta de la duda sobre el fundamento y la justicia de las valoraciones anteriormente mencionadas.
Un análisis al respecto puede plantearse desde la perspectiva de un problema de comunicación. Un problema con tres actores fundamentales: emisores, responsables de la transmisión y receptores. Todos ellos sujetos activos en el proceso, y por lo tanto todos con responsabilidad en la desintonía que se viene produciendo.
De un lado los emisores, los políticos. Responsables máximos en la materia. Es prácticamente imposible transmitir algo que no se ha sucedido, y cuando es así, el hecho tiene un nombre y un proceso para su denuncia.
Los responsables políticos son los que hacen, los que toman decisiones, los que aciertan y los que se equivocan. Adoptan, o se les supone han de adoptar, medidas desde una perspectiva ideológica, cuando ésta pueda ser de aplicación, y deben tratar de materializar, en la medida, de lo posible aquello que han comprometido con sus electores, sin dejar de considerar que gobiernan para la totalidad. Eso los que gobiernan, los que hacen oposición exactamente lo mismo, pero desde la perspectiva del control al Gobierno y la necesaria constructividad.
Partiendo de la premisa de que todo responsable político, al igual que cualquier otro trabajador, trata de hacer las cosas de la mejor forma posible, pues de ello depende su prestigio personal y profesional, así como su propia carrera política, sin duda también cabe entender que la ciudadanía les exija que se equivoquen lo menos posible, con las confusas connotaciones que en la actividad política tiene el término equivocación, y como mejor garantía para ello cabe exigirles formación, talento y experiencia. Con estas tres características satisfechas, el error, al no tener que presumírsele más mala fe al político que al panadero o al parado, debe ser asumido con honestidad, y tan pronto como sea detectado, deben ser buscadas soluciones que lo atajen y no apaños que únicamente distraigan.
Una vez adoptada una decisión o tomada una medida llega el momento de su comunicación a los ciudadanos, que para tener éxito en esta primera fase tiene que cumplir con el triple código de la claridad, la sencillez y la sinceridad. La falta de ruido en la emisión es vital para que el mensaje llegue, y el ruido en la política tiene muchas formas. Hay ocasiones en las que el ruido puede promover un estado de ánimo, pero no ayuda a hacer llegar el mensaje, distorsiona y molesta, y puede llegar a hacer creer que el exceso de ruido esconde la falta de mensaje.
La enorme complejidad de la gestión de un Gobierno, o de la paralela labor de oposición, puede dificultar la evaluación inmediata y total en los términos planteados, pero a través de este prisma, algunos de los problemas que en los distintos representantes del emisor definido hoy se producen, sí pueden ser inmediatamente identificados.
En la segunda etapa del proceso de comunicación, la transmisión, ésta queda en manos de quienes filtran, transforman y orientan el mensaje emitido.
El debilitamiento y el descrédito del mensaje político y del político como tal tienen un único sentido y una única fundamentación ideológica, aquella en la que se prima la supremacía del poder económico frente al rigor democrático. Favorecer la sensación general de bajo nivel político posibilita poder tener una batería de reos sumergidos a los que ir sacando a la luz alternativamente según vaya conviniendo, vendidos como salvadores, como únicas alternativas a la mediocridad general. Para que un reo logre ser el afortunado al que se le ilumine, deberá plegarse más, y más fácilmente que los demás a las exigencias de un poder no legítimo, pero peligrosamente establecido. Y el sistema, sucesivamente, se va retroalimentando.
Parecía que las nuevas tecnologías iban a diversificar los canales de comunicación y a reducir los intermediarios, pero en esta primera fase de desarrollo, salvo puntuales erupciones democráticas como Wikileaks, los transmisores clásicos se han consolidado en el nuevo medio, adaptando a la perfección sus estrategias y métodos a las posibilidades que éste ofrece, sin desplazar un milímetro sus intereses.
El tercer eslabón de la cadena comunicativa somos el conjunto de los ciudadanos, los receptores de lo que ha llegado del proceso de transmisión, los que lo asimilamos, interpretamos y nos posicionamos al respecto. Somos los que tenemos en nuestra mano exigir determinadas características a los procesos de toma de decisiones y de comunicación de las mismas, pero somos también quienes tenemos que realizar una seria reflexión sobre nuestra posición y nuestra actitud, como conjunto y como individuos.
¿En tanto en cuanto no somos partícipes de la crítica fácil, de la simplificación, del tópico, de dejarnos llevar hasta el final por lo que el medio tan sólo había venido a insinuar?, ¿en tanto en cuanto no es la envidia y tras ella la insidia la que cimenta nuestras generalizaciones?, ¿contrastamos? No sólo somos víctimas, sino también cómplices de lo que denunciamos, y mientras no seamos sinceros con nosotros mismos no haremos ningún favor al sistema, sino tan sólo a quienes nos empujan contra él.
En manos de la ciudadanía está que la cadena no sea unidireccional. La medida en que esto se logre determinará la calidad del proceso democrático, algo que requiere de la viveza de las partes, de la actitud activa, reflexiva y crítica de los implicados, que no somos sino todos.
Una sociedad que no expresa su mayor reconocimiento hacia quienes tienen que asumir las mayores responsabilidades que la propia sociedad otorga es una sociedad enferma, o dicho de otro modo, una sociedad que no confía las mayores responsabilidades a aquellos a quienes más valora, es una sociedad enferma.
Una sociedad que no valora la imaginación y la creatividad por encima del orden y el sacrificio es una sociedad sin futuro, o al menos, sin un futuro mejor que la propia realidad que hoy decimos aborrecer.
Tan sólo desde el compromiso con una reflexión profunda, seria y autocrítica de todos los que participamos de la sociedad, conseguiremos que no haya que esperar a reinos más lejanos para que las cosas pasen a ser como por lógica, y por salud democrática, debieran ser.
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