Una señora que rememoraba sus vivencias en el reinado de Alfonso XIII me dijo ayer que había estado hablando con un chico de izquierdas, y que le había parecido una buena persona. Fue segundos antes de asustarse pensando en que yo pudiera ser comunista, y poco después de decirme que pensaba que a esos a los que iba a votar les faltaba mirar de frente el asunto del aborto. Espero que esté bien y haya pasado una buena noche.

Un señor entró a votar con una pinza de tender en la nariz. Llegó hasta su mesa, lástima que no fuera la mía, dijo algunas palabras ininteligibles en la distancia, depositó su voto, se quitó la pinza y se perdió tranquilamente entre la católica y disciplinada multitud.

Un poco más cerca de mi, todo un señor con su traje y su corbata, su bigotito blanco y su escapulario azul del cuello guardado en el bolsillo de la chaqueta increpó a una chica sudamericana que trataba de ayudar a un anciano que quería votar en rojo.  ¡Sí señora, soy interventor! le espetó a la estupefacta muchacha, ¡y a usted qué le importa de qué partido!, le vociferó a un palmo de la nariz antes de hacer mutis con un glorioso y democrático, ¡venís a pudrir España, joder!.

Gran corrección en mis prejuicios la que sufrí ayer. Tras ver desfilar a más de 500 votantes no pensaba poder rescatar de la urna más de una veintena de votos. Craso error. La cosa estuvo incluso disputada y la candidatura socialista casi alcanza las 200 papeletas. Me alegro doblemente.