En lejanos bosques, hace sólo unos pocos días, un enorme oso me sorprendió mientras paseaba distraído. Se quedó parado justo delante mía, tan sorprendido como yo del repentino encuentro, y es que no nos conocíamos.

Yo, obediente, cumplí con los protocolos que con perseverancia nos habían inculcado para semejantes ocasiones. Rehusé el contacto visual, agité los brazos y vociferé. Ante todo, que el estupefacto plantígrado tuviese claro que en frente tenía a todo un ser humano, más o menos, y no a una presilla cualquiera.

Y ahí estaba yo, cual molino chillón en medio de la nada, cuando noto que, curioso, el animal se acerca hacia mi. Trato de recordar la siguiente instrucción para estos casos, y rápidamente me viene a la cabeza que había dos opciones. Si consideras que al acercarse el oso, su actitud es defensiva,  play kill; o bien, si consideras que es depredativa, entonces don´t play kill.

Como la segunda opción tampoco me daba muchas más alternativas y considerando que, aunque experimentado zoologo, no me veía como para psicoanalizar al cada vez más cercano animal, me eché al suelo, estiré los brazos y aguanté la respiración. De Oscar estaba yo allí  improvisando mi papel de muerto, lástima de académicos cercanos, cuando de repente sentí su aliento en la nuca y después junto a la oreja. Fué entonces cuando le oí decir con voz grave: “ Si lo que quieres es que haya movimiento, ¡muévete!”.  

Y aquí estamos, de nuevo en movimiento.