¿para qué negarlo más?  Según van cayendo los años, e incluso los meses, voy confirmando esta sensación. No hace falta contrapartes que corroboren, ni negar el casi imprescindible apoyo en artificios. La progresión es evidente y empieza a asustar el que llegue un día en que no lo pueda controlar.

Y es que sí, tal y como te lo cuento, en la cama soy un Superman, o al menos así me siento cuando voy retrasando y retrasando de 9 en 9 minutos la alarma del despertador cada mañana, mientras afirmo que lo que anoche consideraba que tardaría en resolver en 30 minutos, voy a ser capaz de hacerlo cada vez en menos tiempo, 21, 12, ¡3 minutos!

Ni una sola tarea se cae de la agenda, pero es que desde la cama, tapadito, uno se cree que en nueve minutos va a ser capaz de cerrar el estupendo sueño en el que hasta hacía tan sólo un segundo estaba envuelto, igual da la envergadura del reto, y que después, imbuido por algún sobrenatural poder, liquidará de un plumazo todo lo que se atreva a ponerse por delante, el tiempo es sólo una limitación para los mortales que contra toda norma física uno va a dejar atrás…

Lo de los nueve minutos creo que es la opción que viene de serie con el móvil, mi nada entrañable despertador, y aunque debe ser modificable, no hay quien se atreva a superar esa pequeña postposición de la alarma, que suena a rebajas y que no llega ni a los diez minutos, una miseria.

Los supuestos superpoderes mañaneros suelen llegar a acumularse con el encadenamiento de sucesivos retrasos, y es que al menos la almohada proporciona un influjo de optimismo que debería ser analizado con detenimiento y urgencia, ¡qué infinidad de posibles aplicaciones! Es tal el negativismo vital hacia el que ha sido tan teledirigido el personal…

El agua de la ducha en su justa medida es antídoto parcial, elimina al punto la distorsión temporal, pero no las fuerzas para seguir haciendo cosas… Quizá los superhéroes no existan, pero sin ganas no se va a ningún lado, y por aquí hay uno que sigue pensando, que es cuestión de querer.   

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